Me levanté con sed y con felicidad. Tanta felicidad que tendría sexo con el mundo entero. Con viejos y vagabundos, con estudiantes y maestros. Con perros, con niños y con imigrantes. Me reí sola y pensé en lo que pensarían de mí mis amigos-siempre con sus ideas extrañas- me reí y pensé que ellos no conocían ni la mitad de mis ocurrencias.
Un sexo eufórico y casi divino, pero práctico y lleno de sabor, como un durazno maduro en labios cansados de probar las mismas cosas. Una explosión, un televisor apagado, un gato dormido muy temprano en la mañana. Así era mi día, lleno de sensaciones hermosas cuando conocí al inmigrante.
Era un hombre indefinible, hasta podría decirse que era un país. Me daba curiosidad su boca, más bien sus dientes jamás visibles y ocultos tras una risita mínima y maliciosa que hacía juego con sus ojos, dos ojos de azul fatigado, pero dispuestos a decir tantas cosas. Quizás un asesinato, necesidad vital en nuestros tiempos.
Un espectáculo, él era eso, un espectáculo. Se acercó a mí sigiloso como serpiente y entonces pude ver su dentadura limpia y firme, atada a sus encías por una pasta blanca y duradera. Era hermoso ver cómo se apropiaba de unos dientes que en mi mente no eran suyos y que navegaban sin rumbo en un vaso cristalino con agua. Vio que lo miraba y cerró la boca. Yo desvié la mirada como si estuviese viendo el paisaje en el horizonte.
Me hubiese gustado hablarle, pero los inmigrantes en este país son cosas del diablo.

3 comentarios:
Shalom Salam...
Solem
Magnifico Solem! Cuando los juntas para publicarlos?
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