Saturday, August 25, 2007


En el reflejo del cristal

era yo,

la misma cara de quien no le importó

que mi pelo fuera cambiando con los años.

Y ahí estaba yo,
cómplice inequívoca del anonimato,

hija legítima del extraño

con pulso de plata como la dentadura del mismo

de lentecitos de colores para ocultarse

y esconder que fuimos amables porque tuvimos miedo.

Yo le temía

porque en lo extraño hay siempre

un temor insospechable.

Y él,

sin más remedio que verlo en mi rostro,

y ver en sus ojos mis párpados caídos

sujetos apenas por mi diadema de plata

---única herencia de mi abuela---

amuleto constante

contra la pobreza inacabable.

Mi padre se quedó ciego días antes de su muerte

sin haberme visto ni siquiera al alba,

pero si él me hubiera visto,

si él me hubiera visto

detrás de su mirada

de doctor inhumano

hubiese visto en sus manos

los pétalos cobrizos de nuestros cuerpos,

simétricos, idénticos, exactos

como el reflejo mío en una ventana subterránea

cuando viajaba sola en la ciudad de México

como una extranjera ante los ojos de los hombres.