
quien espero no haya muerto
Pensé que era de noche todavía
pero ya había amanecido,
una ala de cucaracha formaba parte de mi buró
(y yo jamás habría pensado en levantarme)
una trompeta estallaba no muy lejos
y una brisa tenue pero fría
entraba por la ventana que daba sin miedo
al décimo piso de mi apartamento neoyorkino.
Me asomé abatida por el aire casi marino
y me quité la camisa
(que hasta entonces no me era indispensable)
y ahí,
en el cristal abierto de mi cuarto periodístico,
abracé a mi gato como centro del mundo
y rechacé por siempre
la bajeza del abandono.